La mujer que aprendió a pegar más duro que el prejuicio
A las 5:30 de la mañana, cuando el frío todavía duele y Bogotá apenas despierta, Camila Gabriela Camilo Bravo ya está de pie sobre una báscula.
La cifra define la jornada. Después vendrán la pista, el gimnasio, los golpes contra el saco y el combate técnico. Tres sesiones al día. Comer, estudiar, descansar y repetir.
Tiene 22 años y una rutina que no deja espacio para excusas.
Camila nació y creció en Arauca, un territorio del que casi siempre se cuentan las mismas historias: violencia, conflicto, abandono. Ella quería otra versión. Primero intentó escribirla sobre ruedas, en el patinaje, hasta que la liga cerró.
Entonces llegó el boxeo. Y con él, el juicio.
A su mamá la señalaron por permitir que su hija aprendiera a golpear. Le dijeron que eso no era para mujeres. Pero ninguna retrocedió. Camila se subió al ring y entendió algo urgente: su meta tenía nombre propio. Una beca.
No peleaba por medallas: necesitaba pagar la universidad.
En grado once ganó los Juegos Supérate y consiguió un bono condonable. Esa victoria le abrió la universidad. Hoy estudia Negocios Internacionales de manera virtual.
El boxeo paga la matrícula.
Cuando vuelve a Arauca ya no es la niña cuestionada. Ahora le piden consejos y felicitan a su madre. “Soy por mi mamá”, dice ella.
Fuera del ring hay otra pelea. Persisten comentarios sobre el cuerpo, el peso, la apariencia. Observaciones que no se hacen con la misma insistencia a los hombres. El mérito masculino hace más ruido y la referencia deportiva suele ser un hombre. Camila no lo dice con rabia. Lo dice como quien sabe que todavía falta camino.
Mientras tanto, su día sigue marcado por la disciplina.
A veces se regala un helado. Ese pequeño gesto es su forma de recordar que, además de atleta de alto rendimiento, es una joven mujer de 22 años.
Camila representa una generación de mujeres que entró a espacios históricamente masculinos sin pedir permiso. No para parecerse a los hombres, sino para ganarse un lugar que durante años les fue negado.
Algún día dejará de pelear. Ejercerá su profesión, negociará, viajará. Por ahora, cada mañana frente a la báscula, no solo mide su peso. Mide el precio de haber escrito su propia versión del futuro.
Son las 5:30 de la mañana. La báscula marca 60 kilos. Camila anota el número en el celular, sonríe un poco y se va a entrenar.
Camila ha podido construir su sueño en Bogotá. Una ciudad que también se transforma cuando una mujer decide ocupar un lugar que antes le dijeron que no era suyo. Camila no solo entrena su cuerpoensancha el camino para otras. Aquí, donde tantas historias empiezan antes de que amanezca, la igualdad no es una promesa abstracta. Es una práctica que se escribe, día a día. Es nuestro sello.
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