Entre motores y arranques: la historia de Fanny, una mujer que se abrió camino en la mecánica
En el corazón del Siete de Agosto, uno de los sectores más tradicionales de la actividad automotriz en Bogotá, hay un taller que rompe estereotipos todos los días. Entre motores y herramientas trabaja Fanny Rueda García, una mujer de 53 años que desde hace más de 17 años se dedica a reparar sistemas eléctricos automotrices y a abrirse camino en un oficio históricamente masculinizado.
Lo hizo junto a Lucero, su socia, amiga y colega. Entre las dos montaron el taller y comenzaron a construir, pieza a pieza, algo más que un negocio: una apuesta por demostrar que las mujeres pueden estar donde quieran estar. “Mi sueño era ser deportista, pero la vida me llevó por otro camino. Empecé trabajando con mi hermano en un taller, aprendiendo el oficio. Con el tiempo tomé la decisión de independizarme y emprender, aunque no fuera fácil”, afirma.
Cuando abrieron el taller, muchos clientes dudaban al ver que no había hombres trabajando allí. “No se sentían tan seguros”, recuerda Fanny. Hubo semanas enteras sin clientes, días de incertidumbre, pero también hubo berraquera para salir adelante. “La constancia vence lo que la dicha no alcanza”, dice con convicción.
El voz a voz hizo lo suyo. La experiencia habló por ellas. La calidad del trabajo se convirtió en su mejor carta de presentación y les abrió camino en un gremio competitivo. “Yo trabajo como si el carro fuera mío. Las cosas las hacemos bien y que el cliente salga satisfecho”. Hoy, en su taller trabajan tres mujeres que cada día se enfrentan a motores, piezas y diagnósticos con la misma destreza que cualquier colega del sector.
Fanny, descubrió con el tiempo que no estaban solas, que otras mujeres también reparaban, pintaban carros o vendían repuestos. “Nosotras no competimos con los hombres, trabajamos de la mano. Todos en este sector nos colaboran”. Para ella, la igualdad no es desplazar a nadie, sino estar en las mismas condiciones: que hombres y mujeres ganen lo mismo por el mismo trabajo y que se reconozcan nuestras capacidades, inteligencia y destreza.
Para Fanny, trabajar con mujeres significa apoyo, comprensión y crecimiento conjunto. Significa ayudarse para salir adelante. Por eso también ha acompañado a jóvenes aprendices y les deja un mensaje claro: “Si les gusta, hay que decidirse a hacerlo”.
En el marco de la conmemoración del 8 de marzo, cuando en Bogotá reafirmamos que nuestro sello es la igualdad, la historia de Fanny nos recuerda que esta lucha no empezó hoy. Se ha construido con las voces y el trabajo de muchas mujeres que se atrevieron a cruzar puertas que parecían cerradas; que incursionaron en terrenos donde antes no eran bienvenidas; que resistieron la duda, el prejuicio y la desigualdad salarial.
La igualdad, para ella, va más allá del género. Es un equilibrio social más amplio, un mundo sin pobreza ni guerra, una sociedad más justa. Pero sabe que cada avance cuenta. Que cada mujer que decide emprender, estudiar, liderar o aprender un oficio abre camino para otras.
Y así, en un sector que durante años fue casi exclusivamente masculino, hoy hombres y mujeres trabajan hombro a hombro. Historias como la de Fanny nos recuerdan que la igualdad no es un discurso: es una realidad que se construye todos los días con decisión, trabajo y oportunidades para las mujeres.
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